Uniforme Histórico

            

La historia de los uniformes militares en el mundo obedece a la aplicación de varios principios, entre los que se destaca en primer lugar el de utilidad o funcionalidad, y en segundo lugar el estético o de elegancia. 

            En los albores de la historia, el combate por números más o menos crecidos de guerreros pertenecientes a un conglomerado nacional o tribal no requería, a los efectos de la diferenciación entre los grupos en pugna, otra cosa que los pequeños detalles propios del atuendo peculiar de ese mismo grupo o colectividad, adicionándose además para su reconocimiento elementos tales como una imagen a guisa de enseña, o un grito de guerra específico que generalmente consistía en una invocación al dios local o a un jefe guerrero de prestigio.

           Lo cierto que el primer uniforme no es otra cosa que una parte del armamento defensivo del guerrero, lo que afirma el principio que hemos llamado de la utilidad. El uniforme, considerado como arma, y compuesto por modelos más o menos homogéneos en cada grupo, de corazas y cotas, grebas, escudos y cubrecabezas protectivos, tales como cascos, es entonces necesariamente individual, adaptado a las posibilidades económicas del guerrero y si alguna similitud existe dentro de cada conjunto nacional o tribal, no es otra que propia del traje civil nacional de cada grupo.

 Es cierto que también, como consecuencia de la jerarquía social y económica de algunos de esos guerreros, se introduce la variante del principio del lujo o elegancia, como en el caso relatado por Homero en la Ilíada, de la coraza, casco y escudo, cubiertos de adornos y altorrelieves forjados, que se hace confeccionar Aquiles a raíz de la pérdida de su anterior arnés de guerra, tomado como botín de guerra por el troyano Héctor del cuerpo del vencido Petronio, a quien Aquiles lo había confiado en préstamo. 

En algunas crónicas se habla también de que los hoplitas de la marcial ciudad de Esparta vestían uniformemente túnicas rojas “para que en ellas no se destacaran las manchas de sangre de las heridas”. Aquí tenemos otro ejemplo de la funcionalidad que desgraciadamente, no parece tener mucha  base en la realidad puesto que la sangre siempre aparece negra sobre un género rojo.             

 En Roma sí vemos por primera vez un principio de uniforme. Ello se debe a que ya existen ejércitos en considerable número y que sus soldados, sin apartarse de que aún la vestimenta útil es sólo un arma defensiva, recibían su equipo del Estado y entonces es obvio que por aplicación de las leyes de la producción en masa y de la economía, las piezas de ese equipo tendían a ser sensiblemente uniformes y conferir a una tropa romana un aspecto inconfundible de uniformidad marcial.  En la Edad Media desaparece el concepto de ejército para ser reemplazado por el de hueste, que es el conjunto de los contingentes de centenares de señores, prelados y comunas. La necesidad de distinguirse, bajo el aspecto común de la armadura, los llevó a pintar emblemas en los escudos y al uso de cotas de armas en las que figuran esos mismos colores y emblemas. Pero esta parte no pertenece propiamente a la historia de los uniformes militares sino más bien a la ciencia heráldica.    

               Llegamos así al siglo XVII, donde por primera vez puede hablarse con propiedad del uso reglamentario de uniformes militares. Y es entonces cuando empieza también a producirse la sorda y permanente lucha entre el principio de funcionalidad, que es a veces contradicho por la vanidad de monarcas y jefes militares, y el otro principio de la elegancia, que a su vez es temperado muchas veces por las necesidades de la economía de esos mismos reyes y estados. 

            Tratemos ahora por separado, y con extrema brevedad, cada uno de los aspectos señalados: Funcionalidad: el uniforme, una vez creados los cuerpos militarmente organizados de tropas, requiere forzosamente servir para:  a) distinguir las tropas propias de las enemigas;  b) distinguir entre éstas las distintas armas y cuerpos de un mismo ejército; c) distinguir los distintos grados y funciones dentro de un mismo ejército y de una misma unidad militar. Ello se obtiene sólo mediante la elección de colores (tales como el rojo de los ingleses, blanco de los franceses, españoles, austríacos y verde de los rusos), que pasan a ser en cierto modo símbolos de nacionalidad, y por la agregación de ciertos elementos de adorno al ropaje eminentemente civil que constituye el uniforme militar durante los siglos XVII, XVIII y primeros años del XIX, en que todos los países del mundo visten a sus soldados con casaca, chupa, calzón y tricornio exactamente iguales a los en uso contemporáneo entre los civiles, salvo el agregado de escarapelas, charreteras y algunos otros pequeños detalles, y al uso, por otra parte muy restringido, de algunos cubrecabezas específicamente militares como la mitra de los granaderos y el casco de los dragones. 

     La funcionalidad esencial residente en los tres puntos anteriores, lleva como complemento, raramente obedecido en los siglos a que nos estamos refiriendo, de vestir al soldado de modo tal que se sienta cómodo y desembarazado para la marcha y el uso de las armas en el combate. A veces nos maravillamos cómo podían caminar los infantes de Federico el Grande y sus contemporáneos con las altas polainas abrochadas con un sinnúmero de botones y con collarines de cuero rígidos que les impedían mover la cabeza y aún hacían difícil apuntar y hacer fuego con el mosquete de la época. También es cierto que, en algunos casos, en las tropas del ejército “azul y amarillo” de Gustavo Adolfo, en la casi totalidad del ejército ruso durante el reinado de Catalina la Grande, cuando se impuso el cómodo y racional uniforme llamado Potemkin, por su creador, y en algunos cuerpos especiales de empleo local, tales como los migueletes de montaña de España, en algún momento imitados por Luis XV, las vestimentas, sin perder su calidad de uniformes, eran amplias, cómodas y funcionales.

            Ya entrado el siglo XIX, el enorme aumento del alcance de las armas de fuego dio por tierra con los principios enunciados más arriba, pues tuvieron que ser reemplazados por el de la seguridad, por el disimulo, llamado ahora “camouflage”. Si bien algún tímido principio del problema se resuelve durante el siglo el siglo XIX, y tal vez en los últimos años del XVIII (caso de uniforme verde de los cazadores alemanes e ingleses), este fundamental cambio se inicia en realidad, con un carácter general, con las guerras coloniales, en climas inhóspitos, de la segunda mitad del siglo XIX y continúa gradualmente hasta la víspera de la Gran Guerra de 1914.         

     Después de la mencionada catástrofe histórica, los uniformes, como símbolos distintivos de naciones, armas, unidades, grados y funciones, desaparecen totalmente y sólo subsisten en la mínima y prácticamente imperceptible  medida indispensable para poder hacer a esas distinciones en la intimidad. Aparte de las razones de utilidad y de necesidad que hemos expuesto, es evidente que la desaparición de las monarquías (forma de gobierno esencialmente militar) y de la noble institución de la caballería montada, en la cual el uniforme siempre constituyó una pasión estética y un elemento de gloriosa tradición, han acelerado este proceso de deterioro y de virtual desaparición del uniforme. 

            Hoy en día, un uniforme militar tiene muy poca diferencia con la vestimenta de trabajo de un mecánico o de un obrero y, en consecuencia, debemos llegar a la triste conclusión de que el uniforme, fuera de algunas guardias reales y pequeños contingentes de muestra que usan uniformes especiales, ha muerto.

 

Elegancia:  también esta faz del problema obedece a principios lógicos e importantes. Sus principales razones han sido: a) prestigio, y a veces vanidad o capricho de monarcas o estados; b) espíritu de Cuerpo; c) principio de seducción.

            El primer caso se explica por él mismo y llega a su máxima expresión en el panorama formidable e impresionante de la gama de uniformes del primer imperio napoleónico donde la preocupación por el detalle de la vestimenta militar era, para el Gran Corso, un problema de tanta importancia como el de suministro de alimentos y municiones. Pero cabe advertir que, aunque en pequeña medida, y ésta una tanto discutible, aún en este caso se ha invocado también la funcionalidad, ya que Napoleón sostenía que los altos gorros de piel de oso de su guardia y los penachos de medio metro, que coronaban en muchos casos los chacós y cascos de sus soldados, eran útiles en cuanto aumentaban ante el  enemigo la impresión de estatura de los franceses, creando así una imagen psicológica de temor e inseguridad en sus enemigos. 

            El cultivo del espíritu de cuerpo, y la concesión de pequeñas diferencias de uniforme a un cuerpo determinado (plumero en el cubrecabezas, monograma en la hombrera en reemplazo del número de cuerpo, pequeño galón en el cuello o botamanga, etc.), debida a la vinculación personal de un monarca con esa unidad o también como premio especial por algún acto destacado y heróico del cuerpo, han servido indudablemente para fomentar el orgullo militar, su amor por su regimiento y lo han incitado a una conducta militar que no sólo no desmereciera la de sus antecesores en la unidad sino que era un acicate para mejorarla.

            Este aspecto, en líneas generales, también ha muerto con la guerra del catorce (1914), hasta la cual los ingleses, alemanes y rusos habían llevado hasta el máximo el cultivo de esas diferenciaciones tan celosamente apreciadas por sus recipientes. En otros países, tal vez la mayoría, la uniformidad por armas, basado sea en la creencia de que eso se ajustaba a un espíritu de igualdad como el caso de Francia, o por razones de simple economía como en tantos otros, se convirtió en la regla, aboliendo así la individualidad entre los distintos cuerpos armados, fuente de la más noble competencia.

            Por último el principio de seducción terminó por obra de la conscripción universal. Cuando el servicio militar era voluntario no escapaba a la aguda perspicacia de los reclutadores que un bello y elegante uniforme, que convertía a su poseedor en un objeto de admiración en especial para las mujeres, era un aliciente de particular importancia para facilitar el ingreso de los jóvenes a los ejércitos nacionales. Esta conclusión no puede refutarse ya que existen sinnúmeros ejemplos de la preferencia que siempre han merecido para encontrar voluntarios ciertos cuerpos o especialidades dotadas de brillantes uniformes, tales como los Húsares, por ejemplo. 

            Antes de terminar, debo llamar la atención sobre el hecho pendular de que la preponderancia de uno u otro de los principios de funcionalidad o de elegancia, siempre ha tendido a seguir los períodos de paz  y de guerra. Es así que la paz lleva a la complicación y lujo de los uniformes como elemento de prestigio del Estado y de vistosa satisfacción del público amante de los desfiles y paradas militares. Nunca han existido en el mundo uniformes tan bellos y elegantes y al mismo tiempo tan inútiles e incómodos como durante el largo período de paz que existió entre las guerras causadas por el primer y segundo imperio napoleónico. La guerra, por otra parte, lleva necesariamente a dotar al soldado de una vestimenta y equipo con el cual pueda pelear, aún cuando se sacrifique su planta estética. 

            Un elemento adicional que ha tenido particular importancia en la historia del uniforme es el del principio de la imitación o de la moda. Empieza por la adopción de los uniformes, o mejor dicho de los trajes nacionales polacos, húngaros o croatas de los ulanos y húsares que habían demostrado su eficiencia como tropas   de caballería ligera en la guerra de los siete años entre otras, sigue con la copia servil de los uniformes franceses por muchísimos países (casi todos americanos, por ejemplo), cuando el prestigio de las armas imperiales galas estaban en su apogeo en el segundo tercio del siglo XIX, y termina con la copia también mimética del uniforme alemán, y en especial del casco prusiano, cuando en el año 1870 Francia es militarmente aniquilada por la asombrosamente efectiva máquina castrense del naciente imperio alemán. Como postrer detalle interesante, podemos afirmar que el casco prusiano es por su origen verdadero una creación rusa o dinamarquesa.

 

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