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Uniforme Histórico |
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En los albores de la historia, el combate por números más o menos crecidos de guerreros pertenecientes a un conglomerado nacional o tribal no requería, a los efectos de la diferenciación entre los grupos en pugna, otra cosa que los pequeños detalles propios del atuendo peculiar de ese mismo grupo o colectividad, adicionándose además para su reconocimiento elementos tales como una imagen a guisa de enseña, o un grito de guerra específico que generalmente consistía en una invocación al dios local o a un jefe guerrero de prestigio.
Lo cierto que el primer uniforme no es otra cosa
que una parte del armamento defensivo del guerrero, lo que afirma el principio
que hemos llamado de la utilidad. El uniforme, considerado como arma, y
compuesto por modelos más o menos homogéneos en cada grupo, de corazas y cotas,
grebas, escudos y cubrecabezas protectivos, tales como cascos, es entonces
necesariamente individual, adaptado a las posibilidades económicas del guerrero
y si alguna similitud existe dentro de cada conjunto nacional o tribal, no es
otra que propia del traje civil nacional de cada grupo.
Es
cierto que también, como consecuencia de la jerarquía social y económica de
algunos de esos guerreros, se introduce la variante del principio del lujo o
elegancia, como en el caso relatado por Homero en la Ilíada, de la coraza,
casco y escudo, cubiertos de adornos y altorrelieves forjados, que se hace
confeccionar Aquiles a raíz de la pérdida de su anterior arnés de guerra,
tomado como botín de guerra por el troyano Héctor del cuerpo del vencido
Petronio, a quien Aquiles lo había confiado en préstamo.
En
algunas crónicas se habla también de que los hoplitas de la marcial ciudad de
Esparta vestían uniformemente túnicas rojas “para que en ellas no se
destacaran las manchas de sangre de las heridas”. Aquí tenemos otro ejemplo
de la funcionalidad que desgraciadamente, no parece tener mucha
base en la realidad puesto que la sangre siempre aparece negra sobre un género
rojo.
La funcionalidad esencial residente en los tres puntos anteriores, lleva
como complemento, raramente obedecido en los siglos a que nos estamos
refiriendo, de vestir al soldado de modo tal que se sienta cómodo y
desembarazado para la marcha y el uso de las armas en el combate. A veces nos
maravillamos cómo podían caminar los infantes de Federico el Grande y sus
contemporáneos con las altas polainas abrochadas con un sinnúmero de botones y
con collarines de cuero rígidos que les impedían mover la cabeza y aún hacían
difícil apuntar y hacer fuego con el mosquete de la época. También es cierto
que, en algunos casos, en las tropas del ejército “azul y amarillo” de
Gustavo Adolfo, en la casi totalidad del ejército ruso durante el reinado de
Catalina la Grande, cuando se impuso el cómodo y racional uniforme llamado
Potemkin, por su creador, y en algunos cuerpos especiales de empleo local, tales
como los migueletes de montaña de España, en algún momento imitados por Luis
XV, las vestimentas, sin perder su calidad de uniformes, eran amplias, cómodas
y funcionales.
Ya
entrado el siglo XIX, el enorme aumento del alcance de las armas de fuego dio
por tierra con los principios enunciados más arriba, pues tuvieron que ser
reemplazados por el de la seguridad, por el disimulo, llamado ahora
“camouflage”. Si bien algún tímido principio del problema se resuelve
durante el siglo el siglo XIX, y tal vez en los últimos años del XVIII (caso
de uniforme verde de los cazadores alemanes e ingleses), este fundamental cambio
se inicia en realidad, con un carácter general, con las guerras coloniales, en
climas inhóspitos, de la segunda mitad del siglo XIX y continúa gradualmente
hasta la víspera de la Gran Guerra de 1914.
El cultivo del espíritu de cuerpo, y la concesión de pequeñas
diferencias de uniforme a un cuerpo determinado (plumero en el cubrecabezas,
monograma en la hombrera en reemplazo del número de cuerpo, pequeño galón en
el cuello o botamanga, etc.), debida a la vinculación personal de un monarca
con esa unidad o también como premio especial por algún acto destacado y heróico
del cuerpo, han servido indudablemente para fomentar el orgullo militar, su amor
por su regimiento y lo han incitado a una conducta militar que no sólo no
desmereciera la de sus antecesores en la unidad sino que era un acicate para
mejorarla.
Este
aspecto, en líneas generales, también ha muerto con la guerra del catorce
(1914), hasta la cual los ingleses, alemanes y rusos habían llevado hasta el máximo
el cultivo de esas diferenciaciones tan celosamente apreciadas por sus
recipientes. En otros países, tal vez la mayoría, la uniformidad por armas,
basado sea en la creencia de que eso se ajustaba a un espíritu de igualdad como
el caso de Francia, o por razones de simple economía como en tantos otros, se
convirtió en la regla, aboliendo así la individualidad entre los distintos
cuerpos armados, fuente de la más noble competencia.
Por
último el principio de seducción terminó por obra de la conscripción
universal. Cuando el servicio militar era voluntario no escapaba a la aguda
perspicacia de los reclutadores que un bello y elegante uniforme, que convertía
a su poseedor en un objeto de admiración en especial para las mujeres, era un
aliciente de particular importancia para facilitar el ingreso de los jóvenes a
los ejércitos nacionales. Esta conclusión no puede refutarse ya que existen
sinnúmeros ejemplos de la preferencia que siempre han merecido para encontrar
voluntarios ciertos cuerpos o especialidades dotadas de brillantes uniformes,
tales como los Húsares, por ejemplo.
Antes de terminar, debo llamar la atención sobre el hecho pendular de
que la preponderancia de uno u otro de los principios de funcionalidad o de
elegancia, siempre ha tendido a seguir los períodos de paz y de guerra. Es así que la paz lleva a la complicación y
lujo de los uniformes como elemento de prestigio del Estado y de vistosa
satisfacción del público amante de los desfiles y paradas militares. Nunca han
existido en el mundo uniformes tan bellos y elegantes y al mismo tiempo tan inútiles
e incómodos como durante el largo período de paz que existió entre las
guerras causadas por el primer y segundo imperio napoleónico. La guerra, por
otra parte, lleva necesariamente a dotar al soldado de una vestimenta y equipo
con el cual pueda pelear, aún cuando se sacrifique su planta estética.
Un elemento adicional que ha tenido particular importancia en la historia
del uniforme es el del principio de la imitación o de la moda. Empieza por la
adopción de los uniformes, o mejor dicho de los trajes nacionales polacos, húngaros
o croatas de los ulanos y húsares que habían demostrado su eficiencia como
tropas de caballería ligera
en la guerra de los siete años entre otras, sigue con la copia servil de los
uniformes franceses por muchísimos países (casi todos americanos, por
ejemplo), cuando el prestigio de las armas imperiales galas estaban en su apogeo
en el segundo tercio del siglo XIX, y termina con la copia también mimética
del uniforme alemán, y en especial del casco prusiano, cuando en el año 1870
Francia es militarmente aniquilada por la asombrosamente efectiva máquina
castrense del naciente imperio alemán. Como postrer detalle interesante,
podemos afirmar que el casco prusiano es por su origen verdadero una creación
rusa o dinamarquesa.
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